Por Gabriel Rubinstein
En teoría, podría prescindirse
totalmente de Reservas en el BCRA, y el valor del peso contra el dólar fluctuar
en forma libre, sin necesidad de que el BCRA compre o venda dólares. La única
forma indirecta de intervención, se daría a través de subas o bajas de las
tasas de interés (vía mercado de bonos, lebac, encajes, etc).
Sólo monedas como dólar, euro, yen,
libra, franco suizo, y algunas pocas más, admiten muy bajas o muy esporádicas
intervenciones directas de los gobiernos, y muy bajos niveles de reservas de
los bancos centrales para intervención en los mercados.
El peso, es un caso opuesto. Se trata
de una moneda que ha tenido un historial nefasto, con mega devaluaciones,
incluso hiperinflaciones, y confiscaciones o restricciones diversas (plan
bonex, corralón, corralito, cepo cambiario, etc).
Argentina es asimismo, por todo ello,
seguramente el país que ha experimentado más agudos episodios de retiros de
depósitos bancarios, deseosos de convertirse en dólares. El dólar se ha
convertido en el refugio natural de resguardo de valor para una notable
cantidad de residentes en el país.
Se desprende entonces, que para
cualquier política económica que se precie de ser “sustentable”, es necesario
mantener una cantidad de reservas en el BCRA, tal que pueda prevenir, o en su
defecto satisfacer, situaciones en las que la puedan generarse un traslado
significativo de depósitos del sistema hacia dólares billetes.
Si no hay una cantidad de reservas
suficiente, las probabilidades de que ante situaciones adversas se desatasen
corridas contra el peso, aumentarían en forma exponencial. Y en tal caso, en
algún momento el BCRA terminaría por
dejar de vender dólares, desatando una suba violenta del dólar (sea el dólar
“oficial” en un mercado único, o el “paralelo” en un mercado desdoblado –de
facto- como el que actualmente rige en Argentina).
La relación Reservas (divisas en el
BCRA al tipo de cambio oficial) sobre M3 (circulante más depósitos)
consideramos es el mejor ratio, a efectos de establecer el grado de solvencia
financiera o respaldo que es necesario tener para darle sustentabilidad a la
estabilidad económica y financiera.
La experiencia muestra que cuando la
economía se torna frágil o riesgosa en la percepción de los ahorristas, valores
de R/M3 del orden del 40%, que en cualquier país serían exorbitantes, en
Argentina no han alcanzado ni para prevenir ni para satisfacer la demanda de
dólares.
Por ejemplo, en septiembre de 1988, al
inicio del Plan Primavera, la relación R/M3 llegó a un pico del 40%, pero
sobrevino una corrida, bajando la relación al 30% en enero de 1989. Allí (3 de
febrero) el Gobierno de Alfonsín decidió no vender más dólares financieros
(creó un tercer mercado, flotante), lo que terminó siendo el inicio de la
recordada hiperinflación de 1989.
Cuando subió el gobierno de Menem, las
expectativas se tornaron muy favorables. Las reservas aumentaron, y luego la
rápida re-monetización, hizo que el ratio R/M3, que había llegado a valores muy
altos (71% en julio de 1989), bajara “naturalmente”, llegando a un mínimo de
37,5% en noviembre de 1989. Estos valores no fueron suficientes para impedir
una violenta fuga de depósitos, que llevaron a que el Gobierno, el 28 de
diciembre de 1989 decretara el llamado Plan Bonex (canje de depósitos por bonos
del Gobierno - Bonex).
Con el Plan Bonex sobrevino el valor
record del ratio R/M3, un insólito valor de casi 140%. La situación durante
1990 se calmó. No obstante, en diciembre de 1990, una nueva corrida se produjo,
que un valor de R/M3 del 42% (noviembre de 1990) no pudo evitar. Sobrevino una
maxi devaluación del 100%, que antecedió al anuncio de la Convertibilidad en
marzo de 1991, y que empezó a regir en abril.
Con la Convertibilidad, crecieron
Reservas y en mayor medida M3, merced a la confianza que suscitó el Plan. Pero
cuando aparecieron angustias financieras en diciembre de 1994 (efecto tequila),
valores del 37% de R/M3 no fueron capaces de evitar fuertes corridas bancarias.
Con las corridas, el ratio R/M3 llegó
a un mínimo del 28% en mayo de 1995. La fuerte ayuda de EEUU a México, la
reelección de Menem, medidas expansivas “extraordinarias” del BCRA, permitieron
revertir la situación, pero la economía había experimentado una fuerte
recesión, y una situación bancaria límite.
Por varios años, la relación R/M3 se
mantuvo por encima del 40%. En enero de 2001 había llegado al 43%. A pesar de
considerarse un valor muy alto, y que la Base Monetaria, tenía por entonces un
respaldo en Reservas del 248%, no fue suficiente para prevenir la corrida que
desde marzo cobró fuerte impulso (con recordadas marchas y contramarchas del
gobierno, aborto del llamado Blindaje, renuncias de Machinea y luego de Lopez
Murphy, etc).
Las corridas, aún con ayudas de
dólares de parte del FMI, finalmente
desembocaron en el llamado “corralito” (1/12/2001), y más tarde en el default
de la deuda pública, la pesificación de depósitos, y un canje de depósitos por
bonos (el llamado “corralón”), al comenzar el año 2002.
La
política del Gobierno en años recientes
Con semejantes antecedentes, luce
tremendamente desacertado, que el gobierno haya dejado que la relación R/M3,
que había llegado a un máximo del 75% en marzo de 2009, se sitúe ahora en
valores del 26% (promedio setiembre de 2014), muy cerca de mínimos históricos,
y muy lejos de valores mínimamente razonables.
Se llegó a eso por un mix de
decisiones gubernamentales, como ser: emitir crecientemente dinero no contra
reservas sino para financiar al Tesoro Nacional, devaluar el dólar oficial muy
por debajo de la inflación durante mucho tiempo, pagar deuda pública con stock
de reservas.
El resultado de estas políticas, ha
dejado al BCRA en una posición de reservas sumamente bajas, y al Estado en una
suerte de “insolvencia financiera”, o en otras palabras, con notoria
incapacidad para generar políticas financieramente “sustentables”.
Si por ejemplo al gobierno (éste pero
también el próximo), decidiera levantar el cepo cambiario, la situación es tan
frágil financieramente (ratio R/M3 sumamente bajo), que cualquier contratiempo,
podría llevar rápidamente a fuertes corridas bancarias, y a los resultados
traumáticos que justamente definen la insolvencia financiera: maxi
devaluaciones, y/o restricciones al uso de pesos, en efectivo o en depósitos
(cepos, plan bonex, corralito, corralón, etc).
Esta es una muy pesada herencia que el
gobierno actual le habrá de dejar al próximo.
El próximo gobierno deberá pensar muy
bien como hace para levantar el actual cepo cambiario, medida que es necesaria
realizar lo más rápidamente posible (para promover una suerte de “shock de
confianza” tan necesario hoy en Argentina). Los valores en juego para poder
establecer y recorrer un sendero de
solvencia financiera, con valores de R/M3 que puedan vislumbrarse como
“suficientes” como para evitar el riesgo de episodios traumáticos (seguramente
este valor tiene que vislumbrarse supere el 50% en no mucho tiempo), son muy
exigentes. En otras palabras, se requerirán altas dosis de nuevas reservas
disponibles en el BCRA para evitar fuertes devaluaciones, o justamente, se
requerirán fuertes devaluaciones (con todos los traumas que esto implica) para
restablecer valores de R/M3 sustentables.
Si bien un cambio de gobierno puede
generar una credibilidad inicial muy grande, sería sumamente riesgoso que el
gobierno nuevo apueste a que ello sea per se suficientes. Las experiencias de
Menem con el fallido plan BB (que no evitó el Plan Bonex ni un segundo brote de
hiperinflación), y de Cavallo (apostando a que su credibilidad personal serían
suficientes para en 2001 revertir la descomposición de la Convertibilidad),
deberían prevenir a los candidatos a suceder a CFK, a fin de que piensen en
articular las medidas necesarias para un muy rápido levantamiento del cepo
cambiario, que no debe ser traumático, ni tampoco frágil.
Equivocarse por minimizar la cuestión,
sería un error que podría costar muy caro al país, y al nuevo gobierno también.

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